EL PATIO DE MI CASA

Puedo captar desde las alturas las luces de lo que parece una ciudad.

Desde mi perspectiva es como una gran hoguera que desprende calor. Que va convirtiendo la existencia de los seres que la habitan en cenizas. Polvo que después transporta el aire y se convierte en la materia que forman las estrellas.

En algún momento, esa hoguera terminará por devorarme por lo que suelo aproximarme con precaución. Muevo mis alas, balanceándome y me aproximo a esa bola de fuego. Sus puntos de luz, el rugido de los coches…siluetas sin sombra que se desplazan. Abren y cierran puertas. Se encierran en extraños habitáculos a los que llaman casas.

Sueñan con volar pero nunca tendrían el valor de hacerlo.

Esa en cambio es mi única virtud. Soy un cuervo. Un animal detestado por los humanos, símbolo de malos augurios, que calma el hambre alimentándose de carroña. Soy de color negro, con reflejos azulados y púrpuras en el plumaje.  

No es sencillo engañarme. Poseo un grito poderoso y ronco que siempre es interpretado como el punto y final. Por ese motivo suelen evitarme o tratan de exterminarme ¡Pobres diablos ignorantes!, yo no he inventado la muerte. Suelo avisar con un graznido cuando se acerca. Mi único pecado obsesivo es robar cosas brillantes. Tengo en el nido repleto de piedras, anillos de compromiso, trozos de metal…

Estoy programado para volar, para observar, para perseguir a la vil PARCA. Para burlar a la muerte y asegurarme un bocado de sus desechos.

En este vuelo nocturno, mis ojos escogen una zona donde se concentra a la vez la luz más cegadora y la oscuridad más tenebrosa. Es una sensación extraña. Un punto cuadrado que es luminosidad y sombra al mismo tiempo.

Comienzo a descender despacio hacia allí. No puedo apartar la vista de ese pequeño rincón. Es el patio interior de una casa. Un lugar que fácilmente podría pasar desapercibido desde mi posición.

Está atardeciendo y el horizonte parece un charco de sangre. La luna está envuelta de un halo amarillento. Cruzan veloces su esfera nubes grises. Sopla un viento frío que no corresponde a la primavera. Mi instinto no suele fallarme. La PARCA deambula por los tejados.

Con su capa negra y su guadaña camina despacio pintando de negro su recorrido. Lamiendo el hollín de las chimeneas. Oscureciendo la ciudad a su paso, apagando candiles y farolas.

Aprovecho su inmensa sombra para ocultarme. La PARCA  ha detenido su paso y acecha encaramada a ese patio iluminado. Una ráfaga de viento mece el laurel, el espliego, el romero. El rosal sin espinas derrama alguno de sus pétalos. Tres tulipanes ondean como una bandera, roja, amarilla y morada. Sólo el granado permanece firme. Ausente a este torbellino gélido que no es más que el aliento de la muerte.

Anochece sin freno pero hay una luz que no se apaga. Se trata de un libro. No parece un libro corriente. De tapas amarillas que al abrirlas emergen un sinfín de historias y personajes. Una niña morena lo sostiene entre sus manos. Sus ojos oscuros van inventando un cuento que se escribe con tinta en las páginas del libro.

La PARCA tapa su esquelético rostro con la capucha. Le escuece la claridad de ese maldito libro.

Una pelota roja comienza a botar por el suelo de adoquines. El gato Liberté se despierta sobresaltado, acude presuroso a los pies de su dueña que acaricia su lomo de betún. Liberté ronronea perezoso mientras persigue la mágica pelota. Repentinamente comienza a bufar con el pelo erizado. Fija sus ojos pardos en el tejado. Provoco entonces un graznido cavernoso  que hace retroceder a la PARCA. Intento de esa manera llamar la atención de la niña. Es pequeña, no puede haber llegado su momento.

Pero ella por fortuna no es consciente, está sumida en una ensoñación que hace que broten nuevos personajes.

En el centro de este patio aparece Trola, un bufón que llora de alegría. Y sus lágrimas de colores forman un charco y riegan todas las plantas de este extraño rincón de la ciudad. Está sentado en un balón y le divierte jugar con el gato como si fuera un león de circo. Le anima a saltar por su aro, mientras ríe y llora entusiasmado. No quiere dejar de jugar porque teme que al dormirse la PARCA le robe los sueños. Le arranque el sonido de su risa y con ello su forma de vida.

En la pared del patio surge una puerta enigmática. La Taberna de Baco. Pueden escucharse los gritos, el tintineo de las copas. Huele a vino barato y allí las penas tienen prohibida la entrada.

 

Una chica sale por la puerta. Parece surgida de un lugar lejano. Luce un vestido ocre y una cinta roja en el cabello. Es joven y tiene una manera de caminar extraña. Parece que flota para evitar mancharse los zapatos con ese líquido teñido por la ilusión de un bufón.

La PARCA se aproxima hacia ella. Parece ser su objetivo. La muchacha sabe que la muerte la está buscando y no quiere esconderse ni mostrar temor alguno.

Grita a la niña que no deje de inventar historias. Que el arma más poderosa contra el sueño eterno es la imaginación.

La niña corre a abrazarla, hace tanto tiempo que desapareció que ya casi había olvidado sus facciones.

–Imagina, fantasea, delira. Sigue escribiendo en ese libro amarillo. Es su luz lo único que puede salvarnos.

No se lo ha contado a nadie pero la joven ha estado escondida en la cara oculta de la Luna. Sólo yo sé su secreto. Ha esperado imperturbable el momento preciso para descender a lomos de una nube. Está aprendiendo a volar pero todavía no domina el arte.

Observo como se relame la sucia muerte. Como continúa intentando oscurecer con su hollín  este patio prodigioso sin éxito.

En un descuido le robo su guadaña de acero y vuelo veloz a refugiarme en el libro.

Todos los personajes se detienen. Me siguen en la hazaña el bufón Trola, el gato negro y la muchacha de la cinta roja. El libro amarillo se cierra desprendiendo un polvo brillante y vuela como una mariposa hasta reposar sobre una ventana.

La PARCA no tiene más remedio que huir lejos. Se ha equivocado en su misión. Ahora se arrastra por la ciudad, sola y desarmada. Vuelve a su lápida del cementerio antes de que amanezca.

Y en el patio queda botando la pelota solitaria. Y la primavera parece que ha llegado en todo su esplendor. A todas las plantas excepto al rosal que viste rosas negras con espinas. Se ha contaminado de los recuerdos tristes de la PARCA y su mugre.

El libro espera al anochecer para volver a abrirse mientras la niña entona una canción:

“El patio de mi casa es particular, aquí no entra la muerte y seco siempre está”.