EL TREN QUE DESCRIBE CURVAS CON TINTA INVISIBLE.

Un tren nocturno es una buena opción para ahorrarte el hotel.

Intentas dormir pero el traqueteo, las paradas en cada estación y las voces desmedidamente altas te condenan al insomnio.

Adquirí  el billete más barato y me esperaban veinte interminables horas desde la frontera griega hasta Estambul. Pero lo que yo pretendía era viajar en el tiempo, tener el derecho inalienable del arrepentimiento. Me acechaban las dudas cuando llegaba la penumbra. Se encendían las luces del interior del vagón y los interruptores de la conciencia me avisaban de que aquello no era más que una huida disfrazada de cura emocional. El entorno en el que flotaba era viscoso. Una densa mezcla del sudor de los cuerpos cansados, los efluvios pestilentes del inodoro, el aroma dulzón de algún perfume y las motas de polvo que crujían entre los dientes.Todas las maletas y baúles cambiaban de ubicación cada vez que el tren descendía una pendiente. Y todos los viajeros, sus animales y bultos formaban una maraña de colores como un inmenso ovillo de lana y bullicio.

Recostada en el asiento intenté fabricarme un sueño para aislarme de esta atmósfera irrespirable. Aparezco sentada en mi sofá con las piernas cruzadas y una taza de té humeante entre las manos. Son los primeros días del otoño y por la ventana entreabierta entra el olor de la tierra regada por la lluvia.

Estaba atardeciendo dentro de aquel vagón mugriento y ya era tarde para todo. Para regresar como si nada, para recoger de las vías tantas cargas liberadas. También para dejar de escuchar los latidos de ese corazón que no me pertenecía. 

La ventana  está bloqueada por dos inmensos clavos.

-¿No se puede abrir más?-pregunté a la pareja con la que compartía el escaso oxígeno de aquel habitáculo.

-Imposible. Es por seguridad. Mucha gente se ha arrojado por la ventana al llegar a un túnel infinito. La compañía no está dispuesta a costear más seguros de suicidas convencidos- me contestó el chico con la responsabilidad de un empleado sumiso. Su acento marcaba las erres de forma exagerada.

-Prefieren que fallezcamos asfixiados -contesté enfurecida. -¡Qué considerados, sí señor!-.

La pareja me dio la espalda y continuó su plática en una lengua extraña que no comprendía.

-Les parezco una loca y están hablando de mí, es lo único que me queda claro-pensé observando aquel compartimento en el que las seis literas permanecían cerradas.

Ese peculiar dúo se dedicaba a mirar ensimismado los variables paisajes que se deslizaban veloces tras los cristales. Ponían todo su empeño en excluir mi presencia.

Por el pasillo desfilaban un puñado de militares disfrutando de su permiso. Tenía muchas ganas de ir al baño pero me frenaba la posibilidad de toparme de frente con aquellos muchachos deseosos de sexo.

Es cierto, la ventana ofrecía atractivas posibilidades de acabar con todo esto. Con todo aquello.

Además dentro de las necesidades básicas podía añadir el hambre. La extraña pareja comenzó a exponer sus víveres sacados de una cesta de mimbre: una hogaza de pan de leña, mermelada de grosellas, queso fresco, embutidos, frutas variadas… No me ofrecieron. No me atreví a pedir. Comían y reían en esa lengua ajena (alemán, según deduje). Disfrutaban de la pitanza mientras yo me alimentaba del odio y la hiel.

Saqué impulsiva un martillo del macuto. Junto a la caja de cerillas, una cuerda y la linterna formaban mi kit de supervivencia. Y tras fuertes golpes, que en un principio intentaron ignorar, abrí la ventana y el compartimento se colmó de un viento cálido que había dejado atrás la humedad que trajo del mar. Revolotearon nuestros cabellos, las hojas de un periódico y también la inquietud que me nublaba los sentidos.

-No se asusten. No pienso tirarme. Tan sólo quería fumarme un cigarro-.

Sus caras delataban que hubieran preferido mi defenestración. Huyeron despavoridos amarrados a sus bártulos y buscando al revisor para solicitar otro compartimento. No dejaron ni una sobra.

-Al fin podré descansar- pensé. Dispuesta a abrir la litera sonaron dos golpes secos en la puerta.

-Su billete, señorita-.

Rebusqué en los bolsillos.-Aquí lo tiene ¿Cuánto queda de viaje?-.

-Unas dieciocho horas-contestó amable el revisor.

-Muchas gracias-.

(Dieciocho horas. Sólo han transcurrido dos horas desde que subí a este ferrocarril de minutos indefinidos).

 Escuché de nuevo la voz del revisor. –Mozo, aquí tiene asientos libres-.

El tren paró el curso de su marcha y muchos viajeros escaparon al andén para estirar las piernas.

Mi vejiga estaba a punto de estallar. Contuve la respiración e imaginé aquel surtidor de orina que estaba inundando las vías.- ¡Ojala os salpique a todos!-.

Cuando regresé al compartimento estaba ahí. Sentado, con un libro entre las manos y una maleta verde bajo las piernas. Lo vi y pude reconocerlo.  Sin necesidad de percibir más datos, sin conocer su nombre.  Era el ser de mi vida. La única persona capaz de tolerar mis miserias.

Me saludó con un simple gesto con la cabeza y continuó con su lectura.

No es posible que no se haya percatado. Estamos predestinados a compartir amaneceres.

Eres tú pero es probable que no estemos en los tiempos adecuados. Tampoco en el espacio.

Ante la sensación de paz que inspira haber encontrado a esa persona, me venció el sueño y pasé el resto del viaje imaginando nuestro futuro envuelta en la delicada seda del subconsciente.

El tren frenó en seco. Una leve caricia en la mejilla me avisó de que esta era mi parada. Estambul. La ciudad que desprendía  fragancias a tardes de tabaco de pipa y té verde con hierbabuena. Dónde se repetía el eco de la voz lúgubre que llamaba al rezo. Santa Sofía, la Mezquita azul, los destellos del Bósforo. Ahora Europa, ahora Asia. Hubiera sido el paraíso si fuera también tu destino pero permaneciste inmóvil en el asiento.

-Necesito volver a verte-fueron sus palabras a modo de despedida.

- ¡Viajeros al tren. Destino Ankara!-avisó la megafonía con un silbido agudo.

Busqué una pluma enloquecida. Juraría haber traído una. No podía confiar en mi memoria. Nadie en el andén pareció comprender lo que necesitaba. Nuestras manos se fundieron distanciadas por los escasos centímetros de un sucio cristal. El tren comenzó a moverse y como en una película de triste final te alejaste hasta desaparecer para siempre. Sin datos, sin nombre. Aún busco tu rostro por las calles.

Ya  anciana, sentada en mi sofá, con un té entre las manos, me  agrada contarle  a mis nietos que a partir de ese día siempre llevo una pluma en el bolsillo. Y puede que ese fuera el motivo de convertirme en escritora.