LA OPRESIÓN DEL CORSÉ

-¡Estoy convencida de que el inventor del corsé fue un torturador frustrado!-protestaba la aristócrata dama mientras que su criada ceñía unos cuantos centímetros más este perverso complemento. Elaborado a mano con huesos de ballena, estaba cuidadosamente revestido por la delicada seda china color aguamarina que cubría el resto del traje.

Esta mujerde alta alcurnia que se retuerce de dolor frente al espejo es Madame Watteau, la altiva esposa de un consejero del rey de Francia, Luis XVI.

-No tengas miedo, ¡ajústalo fuerte! Aguantaré la respiración durante toda la noche si es preciso pero luciré cintura de avispa y el busto firme de una adolescente…-.

En el plazo de un mes se celebraría un banquete crucial en Versalles. Una fastuosa cena amenizada por una gran orquesta con un baile que se prolongaría hasta la madrugada. El  escaparate perfecto del derroche de la Corte. Un lugar apartado del ordinario sudor de un campesino o del rudo aspecto de las mujeres que destripaban pescado en el mercado. Una burbuja de cristal en la que flotaban en el aire los polvos de arroz del maquillaje, el tintineo de las copas de cristal de Bohemia sostenidas por mitones de encaje…Una caja de raso herméticamente cerrada que hacía oídos sordos al hambre, a las malas cosechas, a la miseria en definitiva…

Madame Watteau jamás se interesó por las desgracias que asolaban a esta muchacha menuda que llevaba a su servicio desde que perdió el primer diente de leche. La pequeña Florence siempre forzaba una sonrisa, incluso durante el transcurso de los archiconocidos ataques de ira de la señora.

Arrebatos de furia por no encontrar los zapatos de tafetán color verde que consideraba perfectos con el miriñaque que tenía bordadas esas preciosas flores de adormidera. Enloquecía al comprobar que su afición por el chocolate y los dulces tenía dramáticas consecuencias al realizar las correspondientes pruebas de vestuario.

Florence estaba inquieta. El pequeño Jacques deliraba empapado de sudor en la cama y no tenía a nadie cercano que pudiera hacerse cargo. Estaba aquejado de unas terribles fiebres que hacían que toda su choza ardiera como el infierno. De nada servía frotar su tierna frente con limón o lavar al pequeño en el gélido riachuelo que fluía junto al molino. Su cuerpo de gorrión hambriento alcanzaba temperaturas propias de un desierto a mediodía mientras emitía aullidos incomprensibles y frases inconexas. A veces Florence acercaba el oído a la boca de su hijo y podía escuchar lindas proclamas sobre la libertad o el derecho a la felicidad. -¡Todo eso no son más que pamplinas!-solía susurrarle.-Ilusiones que impiden que concentres toda tu energía en recuperarte, mi pequeño-alegaba sabiendo a la perfección que todas esas ideas habían sido extraídas de esos malditos libros. Gruesos volúmenes forrados en cuero que su hermano le traía de la capital. Recuerda como fue la primera en oponerse al hecho de que Jacques aprendiera a leer. –No le llenes la cabeza de pájaros, hermano. Tú eres un soñador, un bohemio. Pero yo no soy más que una pobre viuda que ha nacido para servir. Así es la rueda del destino. Debes asumir las cartas que te han repartido al nacer. Y no apostar demasiado en el juego de la vida. Reza por ver amanecer cada día y tener un mendrugo que llevarte a la boca. Esa es mi máxima-.

Pero esas indicaciones no fueron escuchadas por el hermano díscolo. El tío que había decidido huir de un sistema feudal asfixiante y malvivía de limosnas y trapicheos en la gran ciudad. Aprendió a leer gracias a muchas noches en vela y decidió inyectar esos conocimientos a su sobrino. Dotar a ese chiquillo de un valioso legado de sabiduría y dignidad.

Comenzaron con oraciones simples y poco a poco, estudiaron tratados filosóficos, manuales de botánica, atlas geográficos…

Florence escuchaba con admiración estas lecciones mientras sacudía el polvo de las mantas de lana. El precio del trigo había aumentado considerablemente. Deseaba con ansia que la cultura fuera capaz de alimentar mucho más que el cerebro de su hijo, que continuaba convulsionando en el suelo como un gato que juega con un ovillo de lana.

Su madre no podía reprimir las lágrimas al pensar en la posibilidad de encontrar a su regreso un saco de huesos con los ojos cerrados y un libro entre las manos.

-Esta es la libertad de la que hablas, pequeño Jacques…cocinaré mis vísceras si es preciso para alimentarte pero tienes que ser fuerte y no dejarte arrastrar por cuentos de hadas-gimoteaba intentando infundir firmeza en el tono de su voz.

Mientras luchaba con el desdichado corsé se percató de que en el suntuoso plisado del vestido de su señora había un enganchón del tamaño de una manzana.

Un agujero perfecto, un roto evidente a las miradas escrupulosas de unas compañeras de baile cuyo objetivo primordial era mirar y ser vistas…

Tenía que decírselo. Quizá tuviera arreglo. Un bordado, un encaje ensamblado…

Cuando se rebanaba los sesos en estas cuestiones, Madame Watteau ya había advertido la tragedia. El fin del mundo, …Su vestido, hecho a medida por su sastre personal, no era más que un harapo mugriento.

-¡No puede ser cierto lo que ven mis ojos! Florence, ¡dime que no es ciertooo!-gritaba la dama encolerizada arrojando al suelo todos los cachivaches que poblaban el tocador.

-Señora, no se aflija. Redactaremos un mensaje urgente a Leonard, su sastre. Es un mago de la costura y estoy convencida de que conseguirá encontrar una solución adecuada a este desastre-indicó la criada mientras acariciaba la cabeza de la enrabietada mujer.

De poco sirvieron sus esfuerzos, Madame Watteau ya había comenzado a arrancar las cortinas de tul del cuarto, a arañar con las uñas el papel pintado de la pared, a arrojar por la ventana del castillo todas las delicadas piezas de té importadas de la India…

Estaba claro que no era el momento adecuado de pedir un día libre para cuidar de su hijo. La encolerizada fiera la hubiera degollado con sus propias manos.

En vez de eso le hizo una propuesta. Mientras esperaban la respuesta del sastre, Florence planificaría el peinado que luciría para la gran noche.

-Será el centro de todas las miradas, señora. Tengo contactos con el peluquero de María Antonieta y he conseguido información privilegiada de la elaboración de esos recogidos imposibles que luce Su Majestad-indicó tratando de calmarla.

Y lo consiguió. El mero hecho de pronunciar el nombre de la reina provocaba en estas mujeres un efecto terapéutico. Todas querían ser como la austriaca. Con esa apariencia sencilla y frágil, esa tez perfecta y esos ridículos peinados aderezados con plumas, joyas y frutas que exigían un molde protector para poder dormir sin que se desarmara o una varilla de bambú diseñada para rascarse ante la invasión de parásitos. Todo ello unido a la patética visión de una reina arrodillada por no caber en el coche de caballos.

Los ojos de la señora Watteau brillaban de emoción al imaginarlo.

Se sentó en el escritorio deslizando la pluma con aparente calma.

Escribiría una carta a Leonard para que acudiera con premura a reparar el vestido. Quedaba poco tiempo para el día más importante del año.

La rolliza dama pidió unas fresas para cenar. Estaba dispuesta a sufrir lo que fuera necesario para derrochar luz y hermosura. Ensayaba un vals abrazada a la almohada ante las continuas ausencias de su marido.

Su atareado esposo le había comentado hace unos días que estaban preparando a conciencia la reunión de los Estados Generales. Tenían por delante una dura votación para intentar poner fin a la dramática situación económica de Francia y esto podía poner en jaque los privilegios del clero y la nobleza. Se planteaba la absurda posibilidad de que tuvieran que pagar impuestos como el pueblo llano. Terminar con sus ventajas fiscales, limitar gastos superfluos ante las telarañas que crecían en las arcas del Estado y el hambre sin tregua que provocaba asesinatos por un kilo de harina.

Sinceramente le traían sin cuidado los asuntos políticos de su cónyuge. Ni siquiera era capaz de comprender la magnitud de la catástrofe. Su rutina se sustentaba en tardes de té con pastas comentando la moda de la corte, o en paseos junto al lago en compañía de Pascal, su fiel mascota. Alguna partida de ajedrez, revisar el trabajo del servicio doméstico, responder a la correspondencia…Aborrecía la lectura y detestaba la costura o ensuciar sus refinadas manos en la cocina.

Monsieur Watteau llegaba cada día más tarde. Pasaba las noches leyendo aburridos manuscritos de derecho y economía.

La cama era un vasto territorio en el que soñar sola con esa noche en Versalles en la que despertaría envidias y se convertiría en una referencia de estilo y elegancia.

Durante la comida, el matrimonio apenas intercambió un par de frases. La mujer ni siquiera escuchó en qué consistía aquello del Juego de Pelota. Se limitaba a examinar las cartas recibidas sin hallar respuesta de su sastre.

-Y que más da que una panda de desgraciados jueguen al frontón mientras vosotros, leales patriotas, deliberáis sobre el futuro de nuestro país…No tiene tanta importancia ¿Desde cuando tienen voz en la política los campesinos, los muertos de hambre…?

Será mejor que estén entretenidos antes que ejerciendo de crueles bandoleros cometiendo atrocidades-.

Hacía mucho calor y Florence debía pasar la mayoría del tiempo refrescando con un abanico a la irritada señora. Apartando las moscas de su comida mientras movía esas varillas metálicas caladas con un ritmo cadencioso.

Enterró a su pequeño ayer por la tarde. Tras una ceremonia sencilla en la parroquia a la que acudieron tres personas. Sin derramar una sola lágrima…

La señora ni tan siquiera advirtió su indumentaria de luto.

-Hoy tenemos pendiente la prueba del peinado. Espero que estés preparada Florence…-advirtió Madame Watteau con expresión amenazante.

En la calle el precio del pan subía vertiginosamente, en el mercado de Cambrai germinaba una revuelta violenta, se produce la destitución de Necker, el ministro favorito del pueblo…

La gasolina está derramada por las calles y sólo es necesaria una mecha para que se produzca la deflagración.

Florence piensa en su gente, en aquellos libros que devoraba su pequeño mientras cepilla esa peluca de pelo blanco con un peine de marfil…

La situación en el campo se vuelve insostenible…En París, una multitud enloquecida asalta la Bastilla, la cárcel real, matan a los guardianes, roban pólvora y la destruyen con sus propias manos…

Han recibido noticias de Leonard, el sastre. Se encuentra gravemente enfermo y no podrá cumplir con los deseos de su clienta.

Madame Watteau siente que se ahoga, que el aire se ha transformado en denso azufre y todo carece de sentido. Florence, esta vez, está completamente de acuerdo. Todo carece de sentido.

Se acercan jornaleros, antorcha en mano, a las puertas del castillo…

-Si tienen hambre, abridles los establos-grita la señora.-¡Pero que no osen a posar sus cuerpos pestilentes en nuestra casa…!-.

Y Florence observa con detenimiento a su dueña, vestida con unas tristes enaguas, con una media beige cubriéndole el cabello y esas profundas arrugas surcando su rostro…

Comprende que la piedad es un don del cielo y agarra sigilosa el abrecartas clavándolo certera en el cuello de Madame Watteau para terminar así con su terrible pesar.

-El baile no se va a celebrar nunca, señora. No sufra más…-. Y con las manos manchadas de sangre continuó cepillando sus cabellos mientras tarareaba una melodía que había escuchado entonar a unos soldados.