LAS DEUDAS QUE SE COBRA UNA TORMENTA

Fue un verano de mucho calor según
cuentan los viejos del  lugar.
Aficionados a la estadística, acostumbrados a analizar el paso de las
estaciones, la dirección de viento.

Un estío de persianas cerradas, de
botijos al fresco  donde la aldea sólo
cobraba vida al caer el sol. Se recogía la ropa seca de la cuerda. Se sacaban
las sillas a la puerta para compartir el silencio o el viento ligero en esas
noches en las que aguardábamos avistar una estrella fugaz. Y confiarle un deseo
oculto que jamás tenías claro. Era un instante de responsabilidad eterna.

La oscuridad era el mejor disfraz
posible. Era imprescindible caminar un poco para no ser visto. Para no sentir
sus miradas recelosas clavarse en la espalda, para no escuchar el murmullo de
sus elucubraciones.  -¿Pero a dónde irán
estas chiquillas a estas horas?-.

Hacemos oídos sordos. Vamos a ver la
inmensidad del cielo, a contar historias de miedo, a beber licor y acabar
muertas de risa junto a la laguna. A pedir deseos demasiado ambiciosos para dos
niñas escuchando el canto de los grillos o los aullidos de algún perro salvaje
cuando huele a tormenta.

La tempestad se intuía tras las
montañas.  No nos pareció una amenaza.

Se corrió de forma repentina un
negro telón sobre el manto de destellos y un leve resplandor iluminó como un
foco nuestro rincón secreto.

A efectos reales dormíamos
plácidamente en nuestras camas  pero nos
las ingeniábamos para ver cada día amanecer. 
Nos levantábamos a la hora de comer con ojeras persistentes. ¡Qué bien
se coge el sueño en la calma del pueblo!-nos decían. Nuestros guiños de
complicidad esperaban impacientes que toda la familia abandonase el estado de
vigilia para volar lo más alto que permitieran sus alas encadenadas.

Llegaron los primeros rayos
ofreciendo un majestuoso espectáculo.  El
retumbar de los truenos que hacía vibrar el suelo.  Humo blanco. Pásate el cigarro.

Como una lanza encendida, un
relámpago atravesó  la tierra plantando
un agujero calcinado.

Las gotas de lluvia nos golpeaban la
piel hasta hacer daño. No había escapatoria. Nuestra insignificante presencia
ante la fuerza de una naturaleza encolerizada que quería cobrarse las deudas
pendientes.

Otro rayo nos hizo temblar
atemorizadas. Dejaste de moverte y tus labios fueron tiñéndose de azul. Te
recogí entre mis brazos presa del pánico.

Eras la actriz principal de este
teatro de luces blancas. Tu cuerpo era más pesado que de costumbre.  Aún respirabas y tu  largo cuello se balanceaba arrastrando tus
cabellos empapados.

La tormenta prosiguió su viaje hasta
que se extinguió. Esperando que su momento llegara de nuevo. Para atemorizar a
aquellos que anhelan deseos que no merecen. Descarga de furia.

Aporreé el portón de madera con los
nudillos dejándola en el suelo. El diluvio difuminó su rastro sobre el asfalto.
Mi abuelo abrió la puerta. Había olvidado ponerse las gafas. Me recibió apuntándome
con su escopeta y sentí  el frío metal de
esa bala atravesando mi pecho.

-Abuelo, ¡qué somos nosotras! Que
importa ya. No nos has reconocido.

Tumbada en el suelo distinguí una
estrella fugaz.  Rápido, pide un deseo...