VERTEDERO

 

 

Me levanto todas las mañanas con el néctar que segrega la pereza adherido a los párpados.

No soy partidaria de la higiene personal por lo que la putrefacción ha colonizado un espacio importante en mi existencia.

Poseo, sin embargo, todo lo que necesito para ser feliz: comida basura que encargo por teléfono, un sofá de piel y un gran televisor que compré en la Teletienda, con la que me obsequiaron con un espejo ovalado. Tan inmenso que no encuentro el lugar adecuado en el que colocarlo.

Bebo un sorbo del café que se ha quedado frío. Aprieto el botón rojo del mando a distancia y la penumbra de mi salón se inunda de magia, de bellas imágenes repletas de color, de hipnóticas notas musicales…De miserias de otros que me hacen sentir afortunado. De catástrofes de la naturaleza que me invitan a cobijarme, a esconder la cabeza dentro de esta montaña de inmundicia que es mi hogar.

¡Qué gran desgracia!, tras un fogonazo se ha ido la luz…Salgo al portal y compruebo que los vecinos de arriba tienen luz. Un resplandor emerge tras su felpudo. Los de abajo, en cambio, indican que no han notado nada. Siempre han vivido a la luz de las velas.

¡Pero es que nadie piensa ayudarme..!, ¿qué voy a hacer ahora…?

Descorro la cortina del salón y la claridad me escuece. Las partículas de polvo se precipitan suicidas. Y no puedo apartar la vista de ese gran bulto envuelto en papel marrón.

Ese espejo me devuelve una imagen grotesca, deformada… ¡No puedo ser yo!

Lo arrojo contra el suelo y ahora esa monstruosidad se multiplica en mil pedazos.

Por fortuna, en un par de minutos, la luz ha regresado. El partido me hace olvidar enseguida la patética imagen del espejo. Esta soy yo. No tengo intención de cambiar nada. Por cierto, creo que no nos han presentado…Mi nombre es España.