¿Qué me aguarda al final de todo esto?  

 

El peso de este interrogante genera una violenta vibración a mi alrededor. Durante este largo recorrido mis piernas han caminado hasta la extenuación. Su intensa percusión sobre el terreno ha conseguido labrar complejos petroglifos desgastando la capa superficial de las rocas. 

Ha llegado el momento de interpretarlos. Me siento frente a estos extraños símbolos e intento convertirme en la antropóloga de mi existencia.   

Tras mis primeros pasos bajo el camino de estrellas, emprendí un recorrido convulso por el interior de mí misma.  

Soy una vagabunda y pienso enfrentarme al territorio más inhóspito y aterrador posible: el que se esconde bajo el microcosmos de mis entrañas. Mis esperanzas, temores e inquietudes reposarán ocultos tras sus disfraces aguardando mi llegada.  

En este instante comienza esta obra en la que me he propuesto tener el papel principal. Es el camino de mi vida y supondrá mi renacimiento como persona.  

Soy una molécula espía cubierta con el atuendo habitual que lucen los peregrinos que viaja por las arterias de su cuerpo. Me siento con fuerzas para realizar este difícil experimento de humildad. Estoy dispuesta a enfrentarme con mi conciencia porque cuento con un bordón como apoyo y una vieira como escudo.  

El camino que debo seguir está correctamente marcado por las flechas amarillas y he aprendido varias canciones que me ayudarán a vencer todos los peligros.  

Soy la pionera en esta aventura porque nadie se ha atrevido abrir esta brecha anteriormente. Viajar por tus adentros conlleva el riesgo de derramar ese frasco invisible que contiene toda tu esencia. 

La banda sonora para este trayecto son los latidos de mi corazón. Suenan acompasados, pero comienzo a entonar con fuerza canciones populares para dominar el miedo porque me irrita terriblemente esta resonancia asfixiante. 

Las células me observan con evidente desconfianza. Intento pasar desapercibida, pero me conciben como una forastera en el territorio de mi propia carne.  

Las enzimas son las obreras para las que parezco no existir porque al pasar junto a mí, me ignoran por completo y continúan trabajando incansables como fieles catalizadoras de las reacciones químicas. Son extremadamente selectivas con sus sustratos y su velocidad aumenta con algunas reacciones.  

Me siento perdida y abandonada, completamente fuera de lugar. En este cuerpo (que ahora ya no me pertenece) hay un ritmo frenético de movimiento: flexión, extensión y rotación de todas las articulaciones que se necesitan para caminar. 

Decido desplazarme a las fosas nasales para fundirme con el oxígeno en su recorrido. Las flechas amarillas me dirigen hacia los pulmones a través de la faringe, la laringe, la tráquea, los bronquios hasta llegar a los alvéolos.  

En el mundo exterior hay una noche de invierno con todas las estrellas encendidas. Azotaba una imponente tormenta y crujían todos los árboles a ambos lados del camino. Se escucha un grito en la lejanía y el sonido de un animal de gran envergadura descuartizando pedazos de carne con su dentadura afilada.  

Mis pupilas se dilatan para poder captar el máximo de luz. A través de su proyección puedo vislumbrar una película de terror en la que dos pupilas rojas flotan en la oscuridad. Tiene silueta humana y se desplaza sigiloso. Jamás creí una palabra de todas las leyendas de peregrinos que habían sido atacados por seres malignos que mantenían un pacto con el diablo. 

En este instante, la misteriosa aparición del “hombre lobo” consigue desplazarme al lado oculto de mis pesadillas. Todos mis temores me están esperando en esta travesía vital.  

La respiración se acelera de forma repentina. Los vasos de la piel se contraen y esta se queda sin el líquido que mantiene su temperatura, generando escalofríos y suben los niveles de glucosa que junto con la adrenalina producen en mi piel la llamada “carne de gallina”.  

En ese momento, los pulmones se inflan intentando captan el máximo de oxígeno posible en cada inspiración. Los sistemas digestivo e inmune dejan de “malgastar energía” y mi cuerpo estimula todas las funciones de emergencia por lo que entiendo que mi cerebro no será capaz de realizar pequeñas tareas y centrará todos sus recursos a un plan mayor. 

El sistema nervioso simpático, activado por el hipotálamo, desata una reacción en cadena, se activa la médula adrenal que emite adrenalina y noradrenalina.  La presión arterial y la frecuencia de los latidos del corazón aumentan por las hormonas que genera el estrés. No puedo soportarlo. Soy incapaz de tapar mis oídos o de cerrar los ojos porque soy una molécula y estoy enfrentándome con temor a todos los miedos que albergan mis entrañas. No puedo huir por lo que debo hacer frente a todas mis miserias con el rostro descubierto. Es la parte más peligrosa del trayecto, pero saldré adelante porque tengo un objetivo para alcanzar el final de este camino y no hay marcha atrás posible.  “¿Quién soy y cómo he llegado hasta aquí?”-especulo mientras continúo deambulando por este organismo en el que no soy bienvenida.  Soy una forastera, una invasora a la que los basófilos reciben con inyecciones de histamina o a la que los macrófagos pretenden eliminar junto al resto de la basura que genera este organismo cansado. Todos los intérpretes minúsculos que me acompañan sobre el escenario comienzan a ralentizar su ritmo para asumir la falta de nutrientes y el agotamiento físico. Amanecen para castigarnos el hambre y el sueño, dos necesidades básicas y universales.  Mordisqueo la vieira en busca de algún fósil comestible al escuchar los borborigmos de mi estómago y clavo con furia el bordón en el suelo. Parece que la batería se agota y este cuerpo exhausto se derrumba a los pies de la “Puerta del Perdón” en la iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo.  Escucho una voz que grita “Ultreia et Suseia” mientras recoge entre sus brazos a este ovillo de plástico para acogerlo en su refugio “Ave Fénix”, un cálido rincón que esconde millones de historias increíbles entre sus muros de piedra y sus vigas talladas de madera.  Este buen hombre (que respondía al nombre de Jato) era un veterano del camino y había rescatado la herencia de su abuela Generosa de ofrecer una cama y un plato de comida a todos los peregrinos que pudieran necesitarlo. 

    ¡Que vengan los que tengan que venir! 

    ¡Que beban los sedientos! 

    ¡Que coman los hambrientos! 

    ¡Que se sanen los enfermos! 

    ¡Que se queden los que tengan que quedar! 

    ¡Que sigan los que tienen que seguir! 

 

    A todos un "Ultreia" y un abrazo de Luz y Amor. 

 

Con este poema nos recibía al llegar. Después realizaba una sencilla exploración sobre nuestros mancillados cuerpos con la energía que desprendían sus manos sin llegar a rozarnos. Con este insólito procedimiento era capaz de examinar nuestras dolencias físicas y mentales hasta llegar a sanarlas de forma milagrosa.  

Su abuela Generosa fue repudiada por los habitantes del pueblo por acoger a vagabundos y sanar con las manos llegándola a acusar de brujería. 

En el pasado este albergue fue un invernadero de plástico cubierto con escobas que acogía en su refugio de amor a los desamparados del camino. Fue incendiado por sentimientos como la envidia y el odio, pero consiguió resurgir de las cenizas gracias a la férrea voluntad de Jato y a la ayuda de miles de peregrinos de todo el mundo que a modo de agradecimiento provocaron el resurgir del “Ave Fénix” de sus cenizas a través de donativos o colaborando activamente junto a Jato en su construcción. 

En su trabajo como camionero, Jato fue recogiendo piedras abandonadas en obras y muchos peregrinos aportaron, cargados de ilusión, porciones de Roma, Hiroshima o el muro de Berlín para llegar a componer este puzle cargado de magia. 

Entre estas paredes, las enseñanzas y los cuidados desinteresados de Jato hacia el cuerpo que me albergaba me hicieron sentir una molécula dichosa y querida. Contaba con la filantropía de varios hospitaleros que habían logrado terminar el camino y ayudaban, a cambio de una cama y un plato de comida, a otros peregrinos, así como en la limpieza o el mantenimiento del “Ave Fénix”. Era su manera de corresponder la inmensa dosis de Luz y de Amor que habían recibido cuando más necesitados estaban. Reme me regaló una inmensa sonrisa: - “Esta es tu casa. Deja el miedo en la puerta, aquí no lo necesitas”- y sirvió a esta boca desértica un vaso de agua fresca con unas hojas de hierbabuena. Manolo, el cocinero, me llenó un cuenco de madera con un caldo delicioso en el que la cuchara se mantenía firme. Clément (un joven muchacho de Toulouse) y Salva (un filósofo callejero cargado de inspiración) se encargaron de 

alimentar mi alma con sus conversaciones amables y con su escucha activa hasta que mi “supuesto” cuerpo fue vencido por el sueño. Cuando amaneció, se abrieron mis párpados y bostecé con energía. Las plaquetas y los linfocitos me desearon los buenos días con franqueza. Sentí entonces que había desaparecido toda la hostilidad que cobijaban contra mí el resto de los habitantes de mi refugio particular. El trato entrañable de los moradores del “Ave Fénix” había logrado servir de ejemplo hasta penetrar por todos los poros de mi piel. Estaba comenzando una vida nueva, una resurrección después de estar muerta…Una hermosa flor que brota con todo su esplendor cuando solo quedan restos calcinados sobre las piedras del camino. Después de un copioso desayuno me propuse arrinconar el sentido de la vista, así como el del olfato, el oído y el gusto para concentrar toda mi energía en la capacidad de comprender la realidad a través del tacto de mis manos diminutas. Me desplacé hacia las yemas de mis dedos para acariciar una pequeña escultura con forma de mujer anciana de cabellos rizados. Con las manos entre las piernas y el ceño fruncido, introducía sus pies dentro del lago de las feministas silenciosas.  Decidí acompañarla para romper su silencio y gritar a los cuatros vientos (cuando volviera a disponer de mis cuerdas vocales) todas las batallas libradas por tantas mujeres a las que habían sumido en un mutismo eterno. Mujeres que lucharon por la igualdad en esta guerra implacable, por desgracia, la más larga de la historia. Había llegado el momento de visitar la oquedad que albergaba mi oído interno.  Irene (la escultora) parecía algo agitada. Con un tono amable y calmado, no paraba de dar órdenes y de hacer llamadas telefónicas para que no fracasara ningún detalle en estas jornadas que llevaba tanto tiempo preparando. Durante el fin de semana, el albergue se iba a convertir en un espacio de reflexión y debate sobre la situación actual de la esencia cultural del “Camino de Santiago francés”, analizando el impacto sufrido en sus dimensiones estéticas, ambientales y sociales en los últimos años.  A orillas del río Burbia arribó Maya, un velero en ruinas que había sido restaurado con la ayuda de unos cuantos artesanos venecianos. Este pequeño barco había logrado convertirse en un laboratorio itinerante de arte y debate sobre el patrimonio cultural y su conexión con las comunidades locales. El objetivo de Maya consistía en salvar a bordo todas aquellas esencias culturales que los intereses económicos habían situado al borde del naufragio. 

Durante el transcurso de esta peregrinación echaba en falta el disponer de unas manos, una pluma y un pedazo de papel en el que derramar el torrente de sensaciones que circulaba en mi interior. Coincidiendo con las “I Jornadas Culturales sobre el Camino de Santiago” se celebraba en el albergue un peculiar encuentro de artistas que iban llegando por goteo. Me desplacé hacia el nervio óptico para contemplar a aquellos seres extraños que proyectaban tanta emoción ante el proceso de la creación artística. Necesitaban crear como este cuerpo exhausto necesitaba descansar. Habían acudido a la llamada de Javier Aguado, un señor que (según lo que me reflejaba esta pupila) transmitía entusiasmo, pasión por el arte, gran capacidad de organización y altas dosis de empatía. Comenzaba a sentirme una molécula cargada de creatividad y estos/as artistas podrían ayudarme a cumplir mi objetivo. Las vibraciones emitidas por el “Monstruo Instrumento Abracadabrante” del etnomusicólogo Maikel Barreira me impulsaron a escapar de mi oído durante unos instantes para flotar con las notas musicales sobre la tela invisible del viento junto a otras moléculas revolucionarias. Aproveché el conjuro que acompañaba al ritual de la queimada para volver a mi cuerpo. Un sorbo fue suficiente para desplazarme directa al estómago. El miedo y el hambre habían desaparecido por completo. En su lugar, había un pequeño nudo formado por la ilusión que me provocaba este insólito encuentro artístico. Opté por introducirme en el corazón, esa vasija de base ancha y cuello estrecho que cargaba con todo el peso de mis emociones. Con el bordón fui apartando las semillas que habían plantado en sus ventrículos y aurículas sentimientos como la hostilidad, la ira, la tristeza o el odio.   El “Ave Fénix” había conseguido reunir a numerosos/as “artigrinos y artigrinas” de distintas edades, tendencias políticas, creencias religiosas y posición económica. Mi agitado corazón se encogía ante sus coloquios enriquecedores y sinceros. Artistas que habían apartado el veneno que destila el ego y eran capaces de generar una encrucijada de euforias conciliadas con cada detalle.   Brochazos de utopía, fotografías en busca de la luz perfecta, bocetos fulminantes en este “no lugar” que habíamos construido con las piedras de una extraordinaria convivencia.  Un microcosmos en el que los desayunos se convertían en tertulias y las almas se licuaban para regar mis arterias con un sabroso caldo gallego para soportar las gélidas noches en el Bierzo. 

Juan me enseñó a difundir buenas palabras a través de las cuerdas vocales (los anticuerpos todavía me consideraban una molécula macarra e invasora), a cultivar la humildad y a prestar ayuda sin esperar nada a cambio. “Nadie es perfecto”-me respondió Jan, un ingenioso guionista que me ayudó a convertir los pulsos de esta experiencia en una escaleta para elaborar conjuntamente diálogos trepidantes que podrían pasar a la historia. Coplas sobre lienzo, arcilla, pasos de baile, baños en el río, muletas para caminar, aullidos en la noche, acuarelas, pan de oro, aguarrás, óleos y pinceles. Imágenes y sonidos recogidos con paciencia por la cámara que conducía Joao Paulo.  Las piernas que me sujetaban no dejaban de plasmar sobre el camino toda esa esencia inmaterial que albergaban mis entrañas. Ahora todo mi cuerpo comienza a reconocerme como un elemento indispensable para su correcto funcionamiento. En efecto, no soy una forastera que solo “pisotea” el camino si ha reservado previamente un alojamiento. Soy algo mucho más básico y a la vez complejo. Soy mi visión del mundo, la representación de algunas de las ideas que colman mi cerebro agitadas con la efervescencia de este espíritu errante. Soy el arte, una necesidad tan primordial como el agua o el oxígeno y este cuerpo es el rincón del planeta en el espero refugiarme hasta exhalar el último suspiro que me pertenezca. Me despido de mis hermanos/as artistas con el sabor amargo de la melancolía. El viento me recibe soplando con fuerza. Ha llegado el momento de alcanzar Fisterra, el lugar donde según los romanos terminaba el mundo y el sol era devorado por ese océano inmenso y tempestuoso. En este viaje interior, me encuentro con la última señal del camino. Junto al faro, he conseguido alcanzar la meta. Al atardecer se encadenan sobre el mar el pasado y el presente, la vida y la muerte… ¿Qué me aguarda al final de todo esto? -cuestiono golpeando sobre la superficie de las rocas. 

Introduzco mis lastimadas piernas en el mar.  

Cherra me está esperando bajo el agua para inmortalizar sobre sus lienzos estos segundos de gloria. 

 

 

¿Qué me aguarda al final de todo esto? 

El peso de este interrogante genera una violenta vibración a mi alrededor. Durante este largo recorrido mis piernas han caminado hasta la extenuación. Su intensa percusión sobre el terreno ha conseguido labrar complejos petroglifos desgastando la capa superficial de las rocas. 

Ha llegado el momento de interpretarlos. Me siento frente a estos extraños símbolos e intento convertirme en la antropóloga de mi existencia.   

Tras mis primeros pasos bajo el camino de estrellas, emprendí un recorrido convulso por el interior de mí misma.  

Soy una vagabunda y pienso enfrentarme al territorio más inhóspito y aterrador posible: el que se esconde bajo el microcosmos de mis entrañas. Mis esperanzas, temores e inquietudes reposarán ocultos tras sus disfraces aguardando mi llegada.  

En este instante comienza esta obra en la que me he propuesto tener el papel principal. Es el camino de mi vida y supondrá mi renacimiento como persona.  

Soy una molécula espía cubierta con el atuendo habitual que lucen los peregrinos que viaja por las arterias de su cuerpo. Me siento con fuerzas para realizar este difícil experimento de humildad. Estoy dispuesta a enfrentarme con mi conciencia porque cuento con un bordón como apoyo y una vieira como escudo.  

El camino que debo seguir está correctamente marcado por las flechas amarillas y he aprendido varias canciones que me ayudarán a vencer todos los peligros.  

Soy la pionera en esta aventura porque nadie se ha atrevido abrir esta brecha anteriormente. Viajar por tus adentros conlleva el riesgo de derramar ese frasco invisible que contiene toda tu esencia. 

La banda sonora para este trayecto son los latidos de mi corazón. Suenan acompasados, pero comienzo a entonar con fuerza canciones populares para dominar el miedo porque me irrita terriblemente esta resonancia asfixiante. 

Las células me observan con evidente desconfianza. Intento pasar desapercibida, pero me conciben como una forastera en el territorio de mi propia carne.  

Las enzimas son las obreras para las que parezco no existir porque al pasar junto a mí, me ignoran por completo y continúan trabajando incansables como fieles catalizadoras de las reacciones químicas. Son extremadamente selectivas con sus sustratos y su velocidad aumenta con algunas reacciones.  

Me siento perdida y abandonada, completamente fuera de lugar. En este cuerpo (que ahora ya no me pertenece) hay un ritmo frenético de movimiento: flexión, extensión y rotación de todas las articulaciones que se necesitan para caminar. 

Decido desplazarme a las fosas nasales para fundirme con el oxígeno en su recorrido. Las flechas amarillas me dirigen hacia los pulmones a través de la faringe, la laringe, la tráquea, los bronquios hasta llegar a los alvéolos.  

En el mundo exterior hay una noche de invierno con todas las estrellas encendidas. Azotaba una imponente tormenta y crujían todos los árboles a ambos lados del camino. Se escucha un grito en la lejanía y el sonido de un animal de gran envergadura descuartizando pedazos de carne con su dentadura afilada.  

Mis pupilas se dilatan para poder captar el máximo de luz. A través de su proyección puedo vislumbrar una película de terror en la que dos pupilas rojas flotan en la oscuridad. Tiene silueta humana y se desplaza sigiloso. Jamás creí una palabra de todas las leyendas de peregrinos que habían sido atacados por seres malignos que mantenían un pacto con el diablo. 

En este instante, la misteriosa aparición del “hombre lobo” consigue desplazarme al lado oculto de mis pesadillas. Todos mis temores me están esperando en esta travesía vital.  

La respiración se acelera de forma repentina. Los vasos de la piel se contraen y esta se queda sin el líquido que mantiene su temperatura, generando escalofríos y suben los niveles de glucosa que junto con la adrenalina producen en mi piel la llamada “carne de gallina”.  

En ese momento, los pulmones se inflan intentando captan el máximo de oxígeno posible en cada inspiración. Los sistemas digestivo e inmune dejan de “malgastar energía” y mi cuerpo estimula todas las funciones de emergencia por lo que entiendo que mi cerebro no será capaz de realizar pequeñas tareas y centrará todos sus recursos a un plan mayor. 

El sistema nervioso simpático, activado por el hipotálamo, desata una reacción en cadena, se activa la médula adrenal que emite adrenalina y noradrenalina.  La presión arterial y la frecuencia de los latidos del corazón aumentan por las hormonas que genera el estrés. No puedo soportarlo. Soy incapaz de tapar mis oídos o de cerrar los ojos porque soy una molécula y estoy enfrentándome con temor a todos los miedos que albergan mis entrañas. No puedo huir por lo que debo hacer frente a todas mis miserias con el rostro descubierto. Es la parte más peligrosa del trayecto, pero saldré adelante porque tengo un objetivo para alcanzar el final de este camino y no hay marcha atrás posible.  “¿Quién soy y cómo he llegado hasta aquí?”-especulo mientras continúo deambulando por este organismo en el que no soy bienvenida.  Soy una forastera, una invasora a la que los basófilos reciben con inyecciones de histamina o a la que los macrófagos pretenden eliminar junto al resto de la basura que genera este organismo cansado. Todos los intérpretes minúsculos que me acompañan sobre el escenario comienzan a ralentizar su ritmo para asumir la falta de nutrientes y el agotamiento físico. Amanecen para castigarnos el hambre y el sueño, dos necesidades básicas y universales.  Mordisqueo la vieira en busca de algún fósil comestible al escuchar los borborigmos de mi estómago y clavo con furia el bordón en el suelo. Parece que la batería se agota y este cuerpo exhausto se derrumba a los pies de la “Puerta del Perdón” en la iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo.  Escucho una voz que grita “Ultreia et Suseia” mientras recoge entre sus brazos a este ovillo de plástico para acogerlo en su refugio “Ave Fénix”, un cálido rincón que esconde millones de historias increíbles entre sus muros de piedra y sus vigas talladas de madera.  Este buen hombre (que respondía al nombre de Jato) era un veterano del camino y había rescatado la herencia de su abuela Generosa de ofrecer una cama y un plato de comida a todos los peregrinos que pudieran necesitarlo. 

¡Que vengan los que tengan que venir! 

¡Que beban los sedientos! 

¡Que coman los hambrientos! 

¡Que se sanen los enfermos! 

¡Que se queden los que tengan que quedar! 

¡Que sigan los que tienen que seguir! 

 

A todos un "Ultreia" y un abrazo de Luz y Amor. 

 

Con este poema nos recibía al llegar. Después realizaba una sencilla exploración sobre nuestros mancillados cuerpos con la energía que desprendían sus manos sin llegar a rozarnos. Con este insólito procedimiento era capaz de examinar nuestras dolencias físicas y mentales hasta llegar a sanarlas de forma milagrosa.  

Su abuela Generosa fue repudiada por los habitantes del pueblo por acoger a vagabundos y sanar con las manos llegándola a acusar de brujería. 

En el pasado este albergue fue un invernadero de plástico cubierto con escobas que acogía en su refugio de amor a los desamparados del camino. Fue incendiado por sentimientos como la envidia y el odio, pero consiguió resurgir de las cenizas gracias a la férrea voluntad de Jato y a la ayuda de miles de peregrinos de todo el mundo que a modo de agradecimiento provocaron el resurgir del “Ave Fénix” de sus cenizas a través de donativos o colaborando activamente junto a Jato en su construcción. 

En su trabajo como camionero, Jato fue recogiendo piedras abandonadas en obras y muchos peregrinos aportaron, cargados de ilusión, porciones de Roma, Hiroshima o el muro de Berlín para llegar a componer este puzle cargado de magia. 

Entre estas paredes, las enseñanzas y los cuidados desinteresados de Jato hacia el cuerpo que me albergaba me hicieron sentir una molécula dichosa y querida. Contaba con la filantropía de varios hospitaleros que habían logrado terminar el camino y ayudaban, a cambio de una cama y un plato de comida, a otros peregrinos, así como en la limpieza o el mantenimiento del “Ave Fénix”. Era su manera de corresponder la inmensa dosis de Luz y de Amor que habían recibido cuando más necesitados estaban. Reme me regaló una inmensa sonrisa: - “Esta es tu casa. Deja el miedo en la puerta, aquí no lo necesitas”- y sirvió a esta boca desértica un vaso de agua fresca con unas hojas de hierbabuena. Manolo, el cocinero, me llenó un cuenco de madera con un caldo delicioso en el que la cuchara se mantenía firme. Clément (un joven muchacho de Toulouse) y Salva (un filósofo callejero cargado de inspiración) se encargaron de 

alimentar mi alma con sus conversaciones amables y con su escucha activa hasta que mi “supuesto” cuerpo fue vencido por el sueño. Cuando amaneció, se abrieron mis párpados y bostecé con energía. Las plaquetas y los linfocitos me desearon los buenos días con franqueza. Sentí entonces que había desaparecido toda la hostilidad que cobijaban contra mí el resto de los habitantes de mi refugio particular. El trato entrañable de los moradores del “Ave Fénix” había logrado servir de ejemplo hasta penetrar por todos los poros de mi piel. Estaba comenzando una vida nueva, una resurrección después de estar muerta…Una hermosa flor que brota con todo su esplendor cuando solo quedan restos calcinados sobre las piedras del camino. Después de un copioso desayuno me propuse arrinconar el sentido de la vista, así como el del olfato, el oído y el gusto para concentrar toda mi energía en la capacidad de comprender la realidad a través del tacto de mis manos diminutas. Me desplacé hacia las yemas de mis dedos para acariciar una pequeña escultura con forma de mujer anciana de cabellos rizados. Con las manos entre las piernas y el ceño fruncido, introducía sus pies dentro del lago de las feministas silenciosas.  Decidí acompañarla para romper su silencio y gritar a los cuatros vientos (cuando volviera a disponer de mis cuerdas vocales) todas las batallas libradas por tantas mujeres a las que habían sumido en un mutismo eterno. Mujeres que lucharon por la igualdad en esta guerra implacable, por desgracia, la más larga de la historia. Había llegado el momento de visitar la oquedad que albergaba mi oído interno.  Irene (la escultora) parecía algo agitada. Con un tono amable y calmado, no paraba de dar órdenes y de hacer llamadas telefónicas para que no fracasara ningún detalle en estas jornadas que llevaba tanto tiempo preparando. Durante el fin de semana, el albergue se iba a convertir en un espacio de reflexión y debate sobre la situación actual de la esencia cultural del “Camino de Santiago francés”, analizando el impacto sufrido en sus dimensiones estéticas, ambientales y sociales en los últimos años.  A orillas del río Burbia arribó Maya, un velero en ruinas que había sido restaurado con la ayuda de unos cuantos artesanos venecianos. Este pequeño barco había logrado convertirse en un laboratorio itinerante de arte y debate sobre el patrimonio cultural y su conexión con las comunidades locales. El objetivo de Maya consistía en salvar a bordo todas aquellas esencias culturales que los intereses económicos habían situado al borde del naufragio. 

Durante el transcurso de esta peregrinación echaba en falta el disponer de unas manos, una pluma y un pedazo de papel en el que derramar el torrente de sensaciones que circulaba en mi interior. Coincidiendo con las “I Jornadas Culturales sobre el Camino de Santiago” se celebraba en el albergue un peculiar encuentro de artistas que iban llegando por goteo. Me desplacé hacia el nervio óptico para contemplar a aquellos seres extraños que proyectaban tanta emoción ante el proceso de la creación artística. Necesitaban crear como este cuerpo exhausto necesitaba descansar. Habían acudido a la llamada de Javier Aguado, un señor que (según lo que me reflejaba esta pupila) transmitía entusiasmo, pasión por el arte, gran capacidad de organización y altas dosis de empatía. Comenzaba a sentirme una molécula cargada de creatividad y estos/as artistas podrían ayudarme a cumplir mi objetivo. Las vibraciones emitidas por el “Monstruo Instrumento Abracadabrante” del etnomusicólogo Maikel Barreira me impulsaron a escapar de mi oído durante unos instantes para flotar con las notas musicales sobre la tela invisible del viento junto a otras moléculas revolucionarias. Aproveché el conjuro que acompañaba al ritual de la queimada para volver a mi cuerpo. Un sorbo fue suficiente para desplazarme directa al estómago. El miedo y el hambre habían desaparecido por completo. En su lugar, había un pequeño nudo formado por la ilusión que me provocaba este insólito encuentro artístico. Opté por introducirme en el corazón, esa vasija de base ancha y cuello estrecho que cargaba con todo el peso de mis emociones. Con el bordón fui apartando las semillas que habían plantado en sus ventrículos y aurículas sentimientos como la hostilidad, la ira, la tristeza o el odio.   El “Ave Fénix” había conseguido reunir a numerosos/as “artigrinos y artigrinas” de distintas edades, tendencias políticas, creencias religiosas y posición económica. Mi agitado corazón se encogía ante sus coloquios enriquecedores y sinceros. Artistas que habían apartado el veneno que destila el ego y eran capaces de generar una encrucijada de euforias conciliadas con cada detalle.   Brochazos de utopía, fotografías en busca de la luz perfecta, bocetos fulminantes en este “no lugar” que habíamos construido con las piedras de una extraordinaria convivencia.  Un microcosmos en el que los desayunos se convertían en tertulias y las almas se licuaban para regar mis arterias con un sabroso caldo gallego para soportar las gélidas noches en el Bierzo. 

Juan me enseñó a difundir buenas palabras a través de las cuerdas vocales (los anticuerpos todavía me consideraban una molécula macarra e invasora), a cultivar la humildad y a prestar ayuda sin esperar nada a cambio. “Nadie es perfecto”-me respondió Jan, un ingenioso guionista que me ayudó a convertir los pulsos de esta experiencia en una escaleta para elaborar conjuntamente diálogos trepidantes que podrían pasar a la historia. Coplas sobre lienzo, arcilla, pasos de baile, baños en el río, muletas para caminar, aullidos en la noche, acuarelas, pan de oro, aguarrás, óleos y pinceles. Imágenes y sonidos recogidos con paciencia por la cámara que conducía Joao Paulo.  Las piernas que me sujetaban no dejaban de plasmar sobre el camino toda esa esencia inmaterial que albergaban mis entrañas. Ahora todo mi cuerpo comienza a reconocerme como un elemento indispensable para su correcto funcionamiento. En efecto, no soy una forastera que solo “pisotea” el camino si ha reservado previamente un alojamiento. Soy algo mucho más básico y a la vez complejo. Soy mi visión del mundo, la representación de algunas de las ideas que colman mi cerebro agitadas con la efervescencia de este espíritu errante. Soy el arte, una necesidad tan primordial como el agua o el oxígeno y este cuerpo es el rincón del planeta en el espero refugiarme hasta exhalar el último suspiro que me pertenezca. Me despido de mis hermanos/as artistas con el sabor amargo de la melancolía. El viento me recibe soplando con fuerza. Ha llegado el momento de alcanzar Fisterra, el lugar donde según los romanos terminaba el mundo y el sol era devorado por ese océano inmenso y tempestuoso. En este viaje interior, me encuentro con la última señal del camino. Junto al faro, he conseguido alcanzar la meta. Al atardecer se encadenan sobre el mar el pasado y el presente, la vida y la muerte… ¿Qué me aguarda al final de todo esto? -cuestiono golpeando sobre la superficie de las rocas. 

Introduzco mis lastimadas piernas en el mar.  

Cherra me está esperando bajo el agua para inmortalizar sobre sus lienzos estos segundos de gloria.